Buscar opiniones sobre tu arte: cuándo suma y cuándo te roba poder creativo

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Buscar opiniones sobre tu arte: cuándo suma y cuándo te roba poder creativo

En redes sociales, especialmente en grupos de arte, es muy habitual ver a artistas que publican sus dibujos o pinturas pidiendo valoración. A veces parece una búsqueda inocente de opinión para la mejora técnica. Otras veces es una necesidad de validación externa. Y en muchos casos, lo que se encuentra no es apoyo, sino juicio, competencia, comentarios pasivo-agresivos o incluso burla.

Este artículo nace para poner conciencia sobre una dinámica muy extendida en el mundo del arte y la creatividad, que acaba afectando profundamente a la autoestima, la motivación y el equilibrio mental de quienes están iniciando un proceso creativo o incluso de quienes llevan años creando y siguen atrapados en la inseguridad.

Es en ese punto donde muchas personas permanecen en la zona de confort del eterno aprendiz: alguien que siente que nunca es suficiente, que no se permite avanzar y que sigue desconfiando de su propio potencial. Aquí es donde suele reforzarse el conocido síndrome del impostor.

El problema no es pedir opinión, es desde dónde se pide

Pedir feedback no es algo negativo en sí mismo. El problema aparece cuando el valor personal o creativo queda en manos de la opinión ajena.

Cuando la persona creadora empieza a mirarse a través de los ojos de otras, especialmente de aquellas que no conocen ni comprenden su proceso, su contexto o su intención, se coloca en una posición muy vulnerable. No toda opinión vale, porque no siempre se conoce la intención que la impulsa.

Aquí entra en juego algo fundamental: la intuición y la capacidad de análisis. Saber discernir qué comentarios pueden sumar y cuáles no, es lo que marca la diferencia entre crecer o perder equilibrio.

En muchos casos, esta búsqueda de opinión nace de la inseguridad. Y conviene decir algo importante: la inseguridad no siempre tiene que ver con falta de base técnica. He visto personas con una formación sólida, años de práctica y buen dominio del oficio profundamente inseguras. La técnica no siempre protege del miedo.

La inseguridad alimenta la necesidad de aprobación. Observar las propias dinámicas, las creencias, los límites impuestos o autoimpuestos es lo que da una ventaja real. Porque en el momento en que se entrega a otros el poder de decidir si un trabajo creativo es válido o no, el equilibrio interno del creador empieza a resquebrajarse.

Competencia, ego y envidia en el mundo del arte

El mundo del arte no está exento de dinámicas humanas poco conscientes. Al contrario.
En redes sociales se observa con claridad una competencia constante entre artistas, muchas veces disfrazada de crítica «constructiva».

Comentarios como:

  • «Te falta mucho trabajo por delante.»
  • «No lo dejes, pero aún estás verde.»
  • «Eso no es dibujo.»
  • «Esto no es arte.»

A veces con menos basta. Un simple ja, ja, ja.

Son frases que, lejos de ayudar, minan la autoestima, especialmente de personas que están empezando o que se atreven a explorar lenguajes propios.

Otras veces ocurre algo aún más incoherente: se critican trabajos bien ejecutados mientras se ensalzan obras de menor calidad técnica, simplemente por afinidad, jerarquía o necesidad de reafirmación del ego.

Aquí es importante entender algo: muchas críticas no hablan de tu obra, hablan del miedo del otro a sentirse eclipsado.

La trampa del perfeccionismo extremo

En las profesiones creativas, especialmente en el dibujo y la pintura, existe una exaltación constante del hiperrealismo y de la perfección técnica. No hay nada malo en ese lenguaje artístico, pero sí en convertirlo en dogma.

Cuando la mente se obsesiona con una única forma válida de crear, se cierra. Se vuelve rígida y deja de aceptar otros puntos de vista y otros lenguajes.

Curiosamente, esto también ocurre en el extremo opuesto. He escuchado infinidad de críticas, a veces con una carga emocional desmedida, de amantes del arte abstracto hacia creaciones de base figurativa. Discursos que hablan de evolución, forma o color, pero que en realidad dejan al descubierto el nivel de rigidez mental de quien critica.

Sea cual sea el campo de estudio, cuando nos perdemos en el conocimiento puramente intelectual, no avanzamos hacia niveles más sutiles de comprensión. Desde una mirada simbólica y energética, esto se relaciona con un bloqueo en los niveles superiores de conciencia: cuando el séptimo chakra se cierra, aparece el dogma y la imposición de una única verdad.

Esto no ocurre solo en la religión o la ideología.

Ocurre también en el arte.

El problema no es amar la técnica, sino usar la técnica como arma para invalidar al otro.

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La mente es como un paracaídas. Solo funciona si se abre.

—Albert Einstein.

No hay obras buenas o malas, hay procesos

Una de las ideas más dañinas en el aprendizaje artístico es clasificar las obras como “buenas” o “malas” de forma absoluta.
El arte no es un producto cerrado, es un proceso.

Cada obra es un punto dentro de un camino. Un momento. Una exploración. Un intento. Un error necesario.
Cuando se juzga una obra sin entender el proceso de la persona que la ha creado, se está juzgando desde una mirada superficial y, a menudo, arrogante.

Siete reglas para proteger tu equilibrio mental como creador/a

1. No toda opinión es feedback

No toda opinión es una ayuda, ni toda crítica pretende acompañar un proceso creativo.
Muchas veces, quien opina no ha sido invitado a comprender, sino a juzgar.

En redes sociales se confunde con facilidad el feedback con la descarga emocional, la comparación o la necesidad de reafirmación personal. Detrás de un comentario puede haber frustración, envidia, miedo o una necesidad inconsciente de situarse por encima del otro.

Aprender a discernir qué opinión suma y cuál invade es una habilidad fundamental para cualquier creador. No todo lo que viene de fuera merece ser integrado. Y saber decir «esto no me pertenece» es un acto de madurez creativa.

2. El feedback sin contexto puede ser violencia

No es lo mismo acompañar a alguien que está empezando que evaluar a un profesional con años de recorrido. Cuando se utiliza el mismo baremo para todos, lo que se está haciendo no es enseñar, sino imponer jerarquía.

Este tipo de comunicación suele esconder inseguridad, miedo a ser superado o una necesidad de controlar el territorio creativo. Y aunque se disfrace de “realismo” o “exigencia”, el impacto en quien recibe ese mensaje puede ser profundamente desestabilizador.

3. La técnica se aprende, la voz se protege

La técnica se entrena.
La voz creativa, no.

Una técnica deficiente puede corregirse con estudio y práctica.
Una voz creativa dañada por el miedo, la humillación o la invalidación tarda años en recuperarse.

El problema es que el daño emocional no deja marcas visibles. Nadie enseña a proteger la salud mental y emocional de la persona creadora, ni a identificar cuándo una crítica ha cruzado un límite interno.

Conocerse a uno mismo, reconocer la propia programación, las creencias heredadas, el propósito y el valor personal es la base real sobre la que se sostiene cualquier proceso creativo sano. Sin eso, incluso el artista técnicamente brillante puede quedar atrapado en la inseguridad permanente.

4. El verdadero maestro no humilla

Esta es una lacra, una resistencia, que aunque está costando desenmascarar, cada vez son más las voces que se suman a reconocer que algo del sistema educativo que hemos seguido por los últimos siglos no funciona. Porque lo que se convierte en dogma no conecta con la esencia, con el potencial. 

Un profesor, artista o referente que ridiculiza, compara o invalida no está enseñando.
Está protegiendo su propia inseguridad.

En los últimos años se ha extendido una tendencia preocupante: llamar «entusiasta» a quien demuestra talento o desarrolla métodos propios fuera del circuito académico tradicional. Lejos de tener una connotación positiva, este término se utiliza a menudo desde instituciones que se respaldan en avales universitarios o títulos oficiales para desacreditar conocimientos que no han pasado por sus filtros.

Este tipo de invalidación revela una rigidez profunda del sistema educativo que hemos heredado durante siglos. Un sistema que prioriza el conocimiento intelectual, técnico y normativo, pero que no contempla otros niveles de conocimiento a los que solo se accede cuando existe cierta madurez vital, emocional y espiritual.

Rudolf Steiner desarrolló magistralmente esta idea al hablar de los distintos niveles de conocimiento y de cómo no todos son accesibles a través del aprendizaje académico convencional. Existen saberes que no se memorizan ni se certifican, porque emergen de la experiencia, de la observación interna y de la conexión con la esencia creadora de cada individuo.

Este tipo de creatividad —la que no se aprende en una escuela ni en un máster— suele generar resistencia, ataques e intentos de invalidación, precisamente porque no puede ser controlada, estandarizada ni jerarquizada.

Desarrollo esta idea con más profundidad en el artículo «La creatividad que no se aprende en una escuela ni en un máster, y también te explico cómo acceder a esos niveles de conocimiento, conociendo quien fue Rudoph Steiner y te servirá para comprender por qué el sistema actual tiene tantas dificultades para reconocerlos.

Lo que se convierte en dogma deja de conectar con la esencia.

Y cuando el arte pierde esa conexión, pierde también su verdadero poder transformador.

5. Si tu autoestima depende de la aprobación externa, no estás creando

Estás compitiendo.

Y la creación no nace de la comparación, nace del silencio. De enfrentarte a tus límites, de aceptar tus aciertos y tus errores, de ser condescendiente con tu proceso y de comprender que el verdadero valor está en tu aprendizaje, no en tus expectativas.

Pero especialmente, no poner por delante las opiniones de los demás para validar o no tu trabajo es vital para no romper esa zona donde tu autoestima se sienta segura. Si dibujas o pintas, en el fondo tu sabes el proceso que has transitado. Si te conectas con ese aprendizaje sabrás en qué punto te encuentras, solo necesitas no mentirte y ser paciente y amable contigo mismo/a. La persistencia hará el resto.

6. No todo lo que no entiendes está mal

El rechazo muchas veces no nace de una obra mal ejecutada, sino de una mirada limitada.

Y esto conecta profundamente con lo que te explicaba en el punto 4. No todas las personas acceden a los mismos niveles de comprensión ni están preparadas para integrar ciertos lenguajes, símbolos o procesos creativos. Esto no invalida la obra, solo revela el punto de conciencia desde el que se observa.

Si una obra no te gusta, el problema no es de la obra.

Gustav Courbet

A veces la incomodidad no habla de lo que vemos, sino de lo que esa obra despierta y no queremos mirar.

Comprender esto libera al creador de una carga enorme: no tiene que ser entendido por todo el mundo. Ni debería aspirar a ello.

7. Tu arte no necesita permiso

Mi conclusión es que no hay expertos ni supuestos maestros, perfeccionistas extremos ni haters que deban poseer el poder de validar o no tu arte. Si no pierdes la conexión con tu proceso, un conocimiento nuevo se abrirá ante ti, una información que ninguna otra persona puede aportarte, es el conocimiento trascendental que hay grabado en tu esencia y al que solo tú puedes acceder. No lo cedas a cualquiera.

El verdadero crecimiento artístico no ocurre cuando encajas en la mirada de otros, sino cuando eres capaz de habitar la tuya sin traicionarte.

Y en un mundo saturado de opinión, competencia y ruido, proteger ese espacio interior no es egoísmo: es responsabilidad creativa.

El arte como espacio de conciencia, no de bullying

Si hablamos de evolución y conciencia, el arte debería encabezar ese movimiento.
No puede ser un espacio donde se reproduzcan dinámicas de humillación, competencia destructiva o jerarquías rígidas.

Crear es un acto íntimo, valiente y profundamente humano.
Y proteger ese espacio interior es una responsabilidad de las personas creadoras.

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